9/6/13

REFLEXIONES DEL EMIGRANTE

¿Qué ocurre cuando, recién terminada tu carrera de cinco años, acabas asumiendo que nunca vas a encontrar en tu país, la oportunidad de poder trabajar en aquello en lo que has invertido todo ese tiempo?

Lo primero que se te ocurre, y que está muy de moda, es irse al extranjero.
Todos fomentan la fuga de cerebros... y el resto de países también empezó a tomar medidas en contra de esta popular práctica.

Todos piensan que irse a vivir fuera es maravilloso, que van a llegar pisando fuerte desde que viajan del avión y el mundo les va a adorar por su exotismo.


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Lo que nadie cuenta es la parte mala y triste, de tener que abandonar todo, para poder dedicarte exclusivamente a mejorar la vida laboral.

Muchos de nosotros, jóvenes de una generación perdida y mayoritariamente exiliada, nos marchamos eufóricos y algunos volvemos con el rabo entre las piernas.
No sabes a dónde perteneces hasta que huyes del hogar.
Es muy enriquecedor conocer otras formas de vida diferentes, pero al final la cabra tira al monte y acabas reconociendo que no encuentras tu lugar allí.

Lo dicho: Haces las maletas, fiestas de despedida con amigos y familia...
Algunos te desean suerte y otros te dicen que la vas a cagar.

En ese momento lo que más deseas es marcharte y perder de vista todo aquella que crees que te está arruinando la vida.

En mi caso me marché a Brasil. 
En concreto, Río de Janeiro: ciudad bonita donde las haya, pero también con su lado oscuro...

Lo primero y peor para un emigrante, es la soledad.
Mi experiencia fue un poco distinta, pues viajé acompañada, pero no me quiero ni imaginar cómo debe ser el llegar a un país desconocido, con cultura totalmente diferente, y no tener nadie en quien apoyarse.

Quienes van con el idioma aprendido, se quitan un peso de encima. Sin embargo, cuando no sabes ni lo más mínimo, para comunicarte apenas con la gente de la calle si necesitas cualquier información, es impotencia lo que sientes.
La tele se convierte en una gran maestra en los rato muertos, que son bastantes, porque no tienes amigos aun con los que quedar.

Hace falta salir de tu lugar, para que realmente te des cuenta de que pertenecías a alguna parte.
Aun sin saber casi el idioma, aprendes a darte cuenta de cuándo se están metiendo contigo por ser extranjero, y sabes cuándo te están tratando de manera distinta.
Recurres a ese poco orgullo que te queda, para defender, si es que tu conciencia lo permite, el lugar del que un día echaste pestes.


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